sábado, 18 de febrero de 2012

"El alba disuelve los monstruos"* - capítulo XIV

Desde que siento que me faltas más de la cuenta, y no sé por qué me pasa, si porque intuyo que me estás olvidando o que me estás recordando más, desde que vengo recibiendo esos golpes de teléfono intrigantes, enigmáticos; desde que tuve, otra vez, noticias tuyas, mis noches se llenaron de recuerdos, a veces, buenos, otras, magros o colmados de rencor. Es en las noches de malos recuerdos cuando vienen los monstruos que sólo el alba logra disolver. Monstruos negros, grises, monstruos, a veces, celestiales porque tienen alas, aunque, de acero y portan armaduras y espadas; otros monstruos son sensuales, visten de negro y me llaman como si supieran que no puedo negarme a sus requerimientos. De vez en cuando, los monstruos son blanquecinos y me recuerdan que soy ese ser, no, otro, ese que está ahí al nacer, al morir, al sumirse en sí mismo para asimilar lo que va ocurriendo en la vida, y nos va, necesariamente, modificando, como el paso del tiempo va dejando su estigma a través de los pequeños pero perceptibles deterioros del cuerpo…
Sólo el día logra ahuyentarlos, sólo el alba me rescata de ellos y entonces vuelven los recuerdos acerca de la forma que adopté en esta vida, y de los compromisos que asumí y debo cumplir, esos que me unen a lo otro y le dan sentido a mi existencia – al mejor modo Sartreano…
(*)(título de un poema de Paul Eluard)



I) Una parte de mí se sorprende
como puede ensaya su mejor color
una sonrisa, una alegría superficial
una camaradería muchas veces excesiva,
- debe auto convencerse de que es mejor así -
pero la otra, la que va por dentro
apenas puede moverse
llora sin lágrimas o con lágrimas muertas
se resecan en los ojos antes de salir,
algunas se agolpan y forcejean
en procura de escapar de su prisión,
una, la pequeña, resbala – casi imperceptible -
sobre la sábana despintada de mi mejilla,
rompe la angustia así
y todo pasa … pasó
como una simple ráfaga
en el ocaso rojizo de este amor secreto …

II) Debería, pero…
no sé, me cuesta
la felicidad sólo es un suspiro breve
casi un soplido.
Luego todo cae sobre su propio peso
y el temor atrae lo temido.
No puedo no viene
no logro poner luz a mis días
las dudas se acrecientan y apagan la sed
ese deseo innegable y a la vez
corrosivo hasta el tuétano
¿verdadero?, sí, en el punto donde más duele
me duele sentir esto que se enmaraña
en mi adentro
tratando de vencerme.
Me duele perder
porque en este caso equivale a perderme
y yo quiero encontrarme
pero el desapego es aún más doloroso
más llano.
No soporto el pensamiento oliendo a pelo
a ciénaga a rancio, manía de pieles en contacto
invadiendo el vacío el silencio …
Por fuera todo es bueno
casi ajeno
pero apenas me repliego y otra vez adentro
la explosión obsesiva de ese juego
ir venir a ningún lado
entonces no hay Cristo, ni ángel, ni árbol
o verso que pueda traer paz
abonar el terreno.
Dicen que siempre habrá luz
pero no sé dónde o cómo
estando así sin él con él al mismo tiempo
como un perverso verdugo que espera
en la horca …

San Lorenzo – diciembre de 2006/ junio de 2008

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