martes, 15 de mayo de 2012
“Quién dijo que todo está perdido” – Capítulo XVI
“Quien dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón” – Fito Páez
I)¡Quién pudo decir eso!¡Quién soy yo para creer que la vida no me daría una segunda oportunidad, una nueva aventura, nuevas experiencias que renueven mis ganas de vivir!
Tiempo antes me encontraba completamente desolada, creyendo que hasta aquí llegaba mi vida, que no quedaban ya esperanzas, “un mañana” por soñar, luego de que aquella musa, acaso extraterrestre o divina, emprendiera su retirada, así, de repente. Me pregunto si lo decidió a tiempo, tempranamente, o fui yo quien llegó tarde, quien oyó el reclamo a destiempo, tal como él lo reprocha en una de sus canciones memorables, “vos nunca me oíste en tiempo”(*). Es probable que te haya descubierto un poco tarde, así como aprendí un poco tarde a tocar algún instrumento, que me haya dispersado en el camino del aprendizaje hacia otras ciencias, otros saberes, para luego caer en el más puro y llano pragmatismo, ( como ya lo he explicado). Pero, lejos de condenarme a mí misma a vivir en el eterno calvario de tu añoranza, de la melancolía por lo que nunca llegó a ser, se desaceleró, quizá al punto de volverse una demora irreductible; se fueron dando una serie de hechos que, unidos a mi propia autodeterminación, desencadenaron en un tiempo nuevo, diferente, una nueva oportunidad, podríamos decir, aunque no es completamente distinto al anterior. Otra vez es la música la que me está abriendo un pequeño portal, pero su timbre es otro, las notas son más dulces, han dejado atrás las penas, las introspecciones. Ahora se presentan frases melódicas más claras, más rotundas. Un impulso, sí, cierto frenesí me condujo a cambiar el rumbo de mi ínfima e insignificante historia personal. Había decidido, días atrás, ir a un acto protocolar, aún sin invitación, por cuestiones meramente políticas que no vienen al caso… Ese día, un martes, abruptamente, casi, sin pensarlo, cambié de golpe mi decisión. En lugar de ir al acto, fui a hablar con un profesor de música. Por qué hice eso, exactamente, no lo sé. Al día anterior, ese lunes, había sido el cumpleaños de mi hijo mayor, un chico que tiene todo el talento musical del cual yo carezco, sumado esto, a la libertad creativa que ambos, en cambio, compartimos. No puedo negar cómo me sentía, me hallaba internamente derrotada, no podía sintonizar con la alegría en lo más mínimo. Llovía torrencialmente y ese hecho ahondaba mi melancolía. No podía evitar extrañar al duendecillo. Se me venían, todo el tiempo, a la cabeza, sus canciones. Pero algo, de repente, ocurrió así, sin más preludio. Una fuerza interior, un entusiasmo renovado. MI hijo empezó a referirse a una conversación que había tenido hacía algunos días, con el peluquero. Este le había narrado una historia, en verdad, sorprendente. Su mujer había salido seleccionada, poco antes, para actuar en el Festival de Cosquín de este año, en la sección de Peñas populares, o algo así. Allí conoció a una cordobesa bastante lanzada. La mina terminó viniendo para estos pagos porque admira a un músico oriundo de Andino, muy talentoso y renombrado actualmente, y lo quería conocer personalmente. El caso es que los tres – el matrimonio y ella – emprendieron la cruzada de ubicarlo. Así fue que llegaron a Andino y encontraron a su madre. Ella los condujo a él. Lo conocieron, el tipo se mostró muy cordial y agradable. Todos terminaron compartiendo un asado en la casa del peluquero. El asunto no terminó ahí. Parece que quieren compartir otro asado en el que estaría invitada, al menos, le sugirieron eso a mi hijo. Yo no supe – de hecho, no sé muy bien, si la invitación es para que vaya a leer poesía o para que vaya a tocar. Sea para lo que sea, a mí me embargó un entusiasmo que, como antes decía, parecía venido del cielo. Todo lo que quedó de ese día y del día siguiente, lo transcurrí embargada en una inspiración inusitada. Lo que había dado por sentado en cuanto al rumbo que seguiría mi vida en más, empezó a flexibilizarse y entonces el acto de ese martes, de repente, dejó de parecerme una buena opción y entonces vino ese arranque intempestivo que me condujo a aquel docente.
II) Me sorprendió encontrar en él amabilidad, dulzura. Lo conocía, casi, de vista. Casi. Lo había visto, en realidad, años atrás, en varias oportunidades. En las épocas en que me habían invitado a publicar mis obras en los cuadernos de una reconocida escritora y dramaturga de la zona. Lo recuerdo, más precisamente, una noche, invitado por ella al Acto de Presentación del segundo cuaderno. Allí me tocó leer, junto con otros colegas, mis trabajos publicados. Él, en ningún momento reparó en mí. Más bien, se mostraba altivo, muy seguro de sí mismo, acompañado por quien, entonces, era su novia. Cuando fuimos presentados, me saludó pero, con una actitud que bien podría leerse como de obligada amabilidad o acaso, cierta timidez. Nunca supe, aún hoy, no sé si, en verdad, se acuerda de mí. Porque también hubo encuentros mutuos en épocas más remotas, cuando éramos adolescentes y, en los asaltos, después de deambular por todo el recinto, visiblemente aburrido e indiferente – esa parece ser su actitud habitual – me sacaba a bailar. Siempre hacía lo mismo, siempre que iba, es decir, de vez en cuando. A mí, eso no me molestaba para nada porque yo no estaba muy interesada en él. Sin embargo, accedía a la invitación porque me gustaba hablar con él. No tenía el tipo de conversación de los otros, no, sus temas eran más variados, no convencionales, y eso me agradaba, poder hablar de cosas, digamos, atípicas como, por ejemplo, el sentido de algunas cosas, no sé. A decir verdad, no logro recordar lo que hablábamos pero sí, que lo hacíamos por largo rato, a veces, toda la noche. Después, la vida nos fue llevando por rumbos diferentes. Hoy, después de tanto tiempo, me lo encuentro Y… Siento que algo resonó de golpe en mi interior, algo que nunca había advertido, no sé, no logro saber qué es, sólo, que me siento atraída por él o, al menos, más de lo que alcancé a registrar en aquellas oportunidades. En mi adolescencia, no me llegaba a atraer físicamente aunque tampoco me parecía feo. Luego, cuando supe de sus actuaciones artísticas, me lo cruzaba en los eventos de la escritora o en el Centro Cultural, incluso, hasta hace muy poco, si bien lo encontré un poco más atractivo, nunca me cayó del todo bien su temperamento. Ese martes, en cambio, la conversación que mantuvimos – una entrevista, en realidad, para conocer los alcances del curso de música y mis condiciones – mi impresión por él mejoró notablemente. Lo encontré más amable, más dulce, más, como en la época en que éramos adolescentes. Esto me llenó de alegría, pero, también, de nostalgia. Me vinieron ganas de volver a escuchar esa música que hacía años no escuchaba, como Serú Girán, Lito Nebbia, León Gieco. Me hace rescatar en mí, aquellas vivencias, las verdaderas, las ligadas a hechos concretos. Es como haber encontrado la llave perdida en la letanía de aquel desdichado desencuentro antes de tiempo. Acaso porque no supe, o no pude “oírlo en tiempo”(**).
(*) giro extraído de la canción “Nunca me oíste en tiempo” de Spinetta Jade – álbum “Los niños que escriben en el cielo” – 1981
(**)paráfrasis basada en el giro anterior.-
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario