El espejo, en ese momento, parecía reflejar la imagen de una certeza, una suerte de pálpito o, acaso, algo, una vivencia que, años atrás, se reiteraba: su rostro un tanto desencajado, reflejando un cansancio que el rímel intentaba disimular, aunque, embadurnado, dejaba entrever las ojeras. Atrás, la imagen de su amante, uno distinto cada vez, según las circunstancias.
Lo único que cambiaba en ese momento, era el lugar, el consultorio, en lugar de un cuarto de hotel; y quien acechaba era su médico; pero la sordidez, la gravedad de las miradas, eran las mismas, el mismo afán, la misma sed. Para colmo, de un modo tan natural como la caída de una llovizna en días cargados de nubarrones. Todo había conspirado para que, otra vez, se encontraran los dos solos, casi sin hablar, así, midiéndose, cotejándose, como animales en celo, sólo que, con el lógico disimulo que requerían los hechos, a saber, primer control post quirúrgico luego de una terapia radiante consistente en nada menos que treinta y tres arduas, terribles sesiones, tras la extracción de un carcinoma pavimentoso de su seno maxilar izquierdo, de dimensiones bastante considerables. La terapia radiante no sólo había sido la correcta, en realidad, era la mínima, de no haber mediado una negativa suya, deberían haberse aplicado otras cinco o seis sesiones más. Con disimulo, decía, para que todo tuviese un sabor más agridulce, más anhelado, como el que se le busca a un vino añejo, como se miden, se saben, los amantes de buena cepa, aquellos que reniegan de lo servido en bandeja.
Hasta ese momento, todo se desenvolvía de un modo absolutamente etéreo, nada o muy poco pasaba a lo físico, algunos pequeños roces, ciertas proximidades un tanto excesivas pero, nada más. A lo mejor, esa fuera, justamente, la dinámica que encerraba esa suerte de acuerdo tácito entre los dos, quién sabe si alguno se fuera a animar a transgredirla, a avanzar hacia algo más concreto. Como fuera, lo importante para ella, en ese momento, era dejar que fluyera, que aquello ingresara en las fibras de su alma, que la iluminara de algún modo, aunque fuera renegrido, voluble, ardiendo de deseo como una casa incendiada. No fuera cosa que la realidad la terminara superando, había que buscar, a toda costa, evadirse de ella, de su gravedad, de aquella rotunda desgracia…
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