domingo, 4 de diciembre de 2011

Capítulo VIII

Pensaba cómo empezar este tramo de la historia… Y se me ocurre, así, en una primera instancia, que el prefijo “des”, de algún modo, también expresa ideas de contraste, la idea de la cosa o instancia que contrasta con otra…
Me propuse, a modo de contraste con mi habitual tendencia a expresar por escrito sólo cosas ligadas a la negatividad; que este capítulo, en cambio, iba a tener que ver más con la valoración, en todo sentido, o acaso, en el sentido irreductible que abarcaría el “todo” del que estoy hablando, es decir, el afecto, o, mejor dicho, el amor…
En cuanto a este concepto, el amor – amor, falta de muerte, o sea, vida, sentir la vida, sentido de la vida, de ésta concebida como verdad, concepto que platón asociaba con el de la luz, portadora de vida; y le daba carácter erótico, es decir, ligado a las ideas de bien, las que no pueden estar más que asociadas al amor - uyyy, creo que me puse demasiado filosófica, ¿o sofista o retórica?, quizá algún licenciado en filosofía podrá contestar esa pregunta al leer esto e incluso, no me ofendería si me deja un comentario al pie, en fin, prosigo - decía que me propuse, hablar aquí sobre el amor en sentido más amplio y, al mismo tiempo, más simple, esencial, verdadero o, digamos mejor, real, cotidiano … Me puse a pensar por qué, esa insistencia de expresarme sólo cuando me hallo ante situaciones o estados de ánimo conflictivos, en lugar de hacerlo con relación a la valoración… por qué la escritura me sirvió únicamente o, al menos, básicamente, para expresar ideas ligadas a ese caprichoso, obsesivo, casi impertinente prefijo “des” - desconcierto, desconfianza, descreimiento, desilusión -, en lugar de poder resaltar a través de ella, sentimientos positivos, de valoración, como decía antes, de mis hijos, por ejemplo, hablar de ellos y sus cualidades, como hacen tantos poetas amigos, que adornan sus poesías con imágenes angélicas o floridas al hablar de sus hijos, sus nietos, sus parejas … Esta pregunta, casi de inmediato, derivó en otra aún más profunda, ¿ puede, acaso considerarse literario un texto que sólo resalte cosas positivas o, más precisamente, no conflictivas? Un texto que sólo embelesa, ¿incomoda?, ¿ no es acaso lo que incomoda; lo que conmueve, o, como diría el viejo Artaud, conmociona?... En la facultad, vimos, sobre el último trimestre del año, algunas nociones sobre Estética, donde se decía que el concepto estético ligado a lo bello era un concepto antiguo, que lo estético está necesariamente ligado a lo ético, o sea, al comportamiento humano, a las ideas morales, y que en un sentido profundo, dichas ideas están siempre enmarcadas en un contexto histórico, y como, a su vez, los hechos históricos no siempre son felices, más bien, tienden a ser dolorosos para que queden en el recuerdo y muevan a la reflexión de la humanidad, entonces, se concibe, sobre todo, en los últimos tiempos, una estética de lo “feo”, o sea, de lo que busca expresar lo duro, doloroso de la vida, para mover a la reflexión, para sacudir… En ese sentido, la literatura, es esa función específica que tiende a incomodar, a agregar un plus semántico al texto, que lo saca de su mera función expresiva…
Todo este razonamiento, es obvio que, busca justificar mi actitud, sin embargo, por alguna razón que, acaso puede tener que ver con cierto sentimiento de culpa, no me llega a conformar a mí, internamente… Siento que mis hijos merecen que hable de ellos, que los valore y resalte sus virtudes, sus rasgos positivos, su bondad y paciencia para conmigo, porque se lo merecen, aunque quizá esto suponga un ejercicio que carezca de valor literario; aunque no todos ellos hayan podido hasta ahora obtener logros demasiado concretos. El mayor, criado en gran medida por mi madre ya que yo trabajaba muchas horas y además estudiaba, al haber recibido una educación fuertemente influenciada por la exigencia y la disciplina, como la mía y la de mi hermana, ha sido un alumno excelente, aún hoy, en la facultad, donde está a punto de recibirse de Licenciado en Composición musical, carrera que, de hecho, le ha facilitado ahondar en su veta creativa, con resultados en los que, realmente, se puede apreciar su gran talento; además, practicó karate durante mucho tiempo, llegando a recibir el cinturón marrón… Tiene además una gran lucidez y rapidez mental para componer, es decir, escribir sus ideas musicales, en una partitura, yo lo admiro, por eso, profundamente… A mí, en cambio, me cuesta mucho trasladar las ideas al pentagrama, tardo horas en transcribir una frase que a él le lleva sólo minutos… Mi hija, la única hija mujer, es también muy inteligente y aplicada en la escuela, ya ha tenido también algunos logros, tanto en el idioma francés como en el inglés, y está terminando el colegio secundario sin llevarse materias, lo que hoy en día, es un logro mucho más notable que en épocas pasadas… Esto me recuerda la conversación que mantuve ayer con Ali y su hijo, pero luego vuelvo sobre esto, no quiero dejar de hablar primero de mi hijo menor. Siempre fue especial, o movió en mí sentimientos que acaso los otros dos no llegaron a mover, por varias razones, en primer lugar, porque con los otros dos, yo siempre trabajé, es decir que, al menos, en parte, tuve que delegar su cuidado a otras personas, a mi madre, mi suegra… En cambio el menor fue criado enteramente por mí, ya que yo había dejado de trabajar en relación de dependencia, sólo me limitaba a dar clases de apoyo escolar en casa. Además, el, ni bien nació, tuvo algunos problemitas de salud que hicieron que yo tuviera que dispensarle un cuidado más personalizado que a los otros. El caso es que siempre fue muy amoroso, bueno y apegado conmigo, pero irritable y bastante intolerante para con todo lo que implicara cierta exigencia para con él. El problema mayor comenzó con la escuela. Aunque fue bastante dócil en salita de tres años de jardín de infantes, ya en salita de cuatro y en pre escolar, todo fue mucho más duro. Luego vino la educación primaria, siempre con algunas dificultades, sobre todo a partir de quinto año. Sin embargo, con mi ayuda las fue sorteando. Terminó séptimo año con lo justo y llegó el momento de pasar al siguiente nivel, el secundario. Repitió primer año, ya que a mitad del año pasado dejó de preocuparse en intentar siquiera estudiar algo, o entender los razonamientos matemáticos. Este año, aunque, sorteando algunas dificultades, entre las que se incluía, por ejemplo, la admisión en el colegio por segunda vez, aun así lo intentó, pero fue en vano, la experiencia resultó peor que la anterior. Lisa y llanamente, abandonó los estudios. Esto me preocupa un poco o, más bien, me genera culpa, ya que siento que no lo incentivé lo suficiente, pero, por otro lado, me pongo a pensar de que ya tiene catorce años y no puedo seguir estándole encima, asumiendo sus responsabilidades, hacerle yo las tareas, para que después termine entregando los exámenes en blanco o no haciéndose cargo de nada. Entonces le di a elegir. Le dije que no quería que siguiera perdiendo el tiempo de esa manera, sentado sin hacer nada en la escuela, o en la calle, mientras yo creía que estaba en la escuela. Prefiero que esté en casa y no, en la calle, le dije a él y luego, a mi marido. Así fue, hoy está en casa, sí, pero, se la pasa, la mayor parte del tiempo, en Internet, aunque me consta que transcurre mucho tiempo navegando e interactuando en páginas de arte norteamericanas, cosa que no veo tan mal… El resto del tiempo, salvo, cuando se dispone a ayudarme en alguna tarea hogareña o se cocina para él, ya que se ha vuelto, desde hace un tiempo, vegetariano; mira televisión, quiero decir que, jamás, o muy rara vez lee algo. De todos modos, estamos mi marido y yo, indagando sobre las actividades que le gustaría estudiar o perfeccionar, con miras de anotarlo, el año que viene, en algún curso de capacitación. En cuanto a la parte humana, aunque sigue siendo bastante gruñón conmigo, bastante reacio, además, a obedecerme o darme alguna muestra de afecto, es muy compañero, es bueno, conversa a menudo conmigo o mi madre y de ese modo despliega su faceta más amorosa o familiar.
Vuelve de modo recurrente el recuerdo de la conversación con esa gente, esta vez, relacionada con el tema de los oficios. El hijo de Ali me contaba que él también había dejado el secundario y estaba haciendo el EMPA (escuela de enseñanza media para adultos), porque su meta era la de ser músico,como su padre, y que, un amigo de él, lo había abandonado también pero, en cambio, había hecho un curso de diseño gráfico y gracias a él, enseguida había conseguido laburo como diagramador de un medio gráfico. Esto me dio cierta tranquilidad. Yo le contaba que mi hijo menor tiene especiales cualidades en esa área, gran facilidad para el manejo de programas que yo nunca, hasta ahora, fui capaz de aprender a usar. El entonces, me animaba a que yo buscara incentivarlo por ese lado, para que el tuviera una salida laboral rápida. Consejo que pienso tomar, dicho sea, de paso.
Volviendo a aquella conversación, justamente, en relación con esto, poco antes, habíamos hablado, todos, sobre lo difícil que resulta que un joven hoy termine el nivel medio. Ali, entonces, manifestaba que esto ocurre, en parte, debido a cierta reticencia, de nuestra parte, para con la imposición de límites fuertes a nuestros hijos. Yo estuve de acuerdo con esa idea. Agregué que asumo mi responsabilidad de no haberle exigido a mi hijo menor, lo suficiente. Ambas concordamos con que venimos de ámbitos familiares y educativos, regidos, en cambio, o paradójicamente hablando, por la sobre exigencia. Como sea, al parecer, lo que hace falta es lograr un equilibrio en ese sentido, es decir, sin caer en el autoritarismo, debemos, los padres de hoy, ponernos un poco más fuertes y seguros a la hora de impartirles pautas educativas a nuestros hijos, y regir sus conductas. Pero también se tocó el tema de la discordancia entre el modo cómo se imparten los contenidos educativos a nivel institucional y las expectativas de los chicos de hoy, quienes, básicamente se expresan y realizan todos los procesos cognitivos, a través de lenguajes visuales, que la escuela de hoy, desconoce o apenas logra incorporar, y de vez en cuando, a través de una o dos materias, como informática o formación ética, en la que, a veces, se proyecta alguna película y se la discute. Fuera de esto, lo demás se sigue gestando y ocurriendo como en la época en que estudiábamos nosotros, con la desventaja de que, encima, donde se han corrido o desdibujado los límites es en los mecanismos correctivos de la conducta estudiantil, o en el nivel de exigencia en los rendimientos. Todo esto, lejos de ser una estrategia favorable para acercarse como docentes a las expectativas de los jóvenes, sólo ha contribuido a empobrecer el nivel académico de la educación secundaria, todo lo cual, ahonda aún más la brecha entre ésta y la universidad.
Desde ya que este panorama no muy alentador, merece un debate más extenso y profundo. No es mi voluntad, aquí, realizarlo, en primer lugar, porque no es ese el propósito de este trabajo, en segundo lugar, porque soy apenas una libre pensadora que ha cumplido algunas funciones en la docencia, pero nunca, hasta ahora, al menos, ha trabajado en colegios secundarios.
Si quiero resaltar lo positivo de todo el momento, donde hubo un diálogo cálido, sincero, distendido, entre todos: Ali, su hijo, Ana, en lo que podía intervenir; todo lo cual, me permitió descartar mis dudas sobre si podía haber algún conflicto entre Ali y yo, o si a ella le pasaría algo conmigo. Dicho encuentro quedó coronado por los besos y abrazos de Ana que a mí me llenaron de felicidad. Estuve después en lo de mi madre, donde en cambio, la energía cambió para mal. Allí tratamos un asunto que, si bien, considero de poca monta, de todos modos, aún hoy me preocupa. La madre del dueño del instituto de la localidad vecina sigue insistiendo con que yo tengo una deuda monetaria con ella, sin entender, sin mostrar ninguna disposición, incluso, a entender que, las condiciones cambiaron rotundamente, y que soy yo la que podría demandarla a ella por estafa; a ella, a mi cuñado e incluso, a mi hermana. Si no lo hago es, básicamente, por ésta, mi hermana, porque, a pesar de todo lo que me viene perjudicando hasta hoy, no puedo evitar amarla y desearle lo mejor. No me voy a poner a explicar, aquí, el tema, porque, no sólo, es irrelevante, sino que, es largo de explicar. Merecería un capítulo aparte. A lo mejor, se lo conceda más adelante… Hoy, no. Prosigo. Decía que, el encuentro con mi madre y mi hermana cambió mi energía, sin embargo, no me dejé abatir, no permití que la desagradable conversación , colmada de advertencias o más bien, de amenazas, influyera para interrumpir mi propósito, que era seguir distribuyendo las invitaciones para el acto. Así fue que di con Marga, a quien no veía, hacía más de dos años. La encontré bastante mal de salud. Desde que murió su madre, la pobre no ha podido asumir ni la pérdida, ni el sentimiento de culpa que le provoca, no haberle tenido la paciencia que, supuestamente, merecía su madre que se le dispensara, en vida, en los últimos tiempos, cuando ella y su hermano la cuidaban. Ni el psiquiatra aún le ha podido hacer entender que los cuidados eran demasiado intensivos, que ellos, su hermano y ella, hicieron lo humanamente posible, teniendo en cuenta sus propias edades avanzadas, sus propias responsabilidades familiares, la relación afectiva que los unía a ella. El caso es que, viene arrastrando una especie de mal de Parkinson que los neurólogos no pueden dilucidar muy bien, y está siendo tratada por psiquiatra, psicólogo, neurólogo, kinesiólogo; además ya casi no puede salir a la calle porque apenas se mueve, se marea y tiene miedo de caerse, de hecho, se ha caído once veces en los últimos tiempos. Conmigo conversó un montón, sobre todo eso y más… Espero que la hija la lleve al acto. Muy simpática y solícita, se comprometió a que así sería… El destino final fue la casa de Ester. Con sus más de noventa años, aún está viva, pero sufriendo acaso la peor de las condenas: haber sobrevivido a dos hijos; encerrada, con depresión. Desde ya que, no sólo no hablé con ella directamente, sino que, no hubiera querido hacerlo. Habría sido experimentar demasiada intensidad emocional en un mismo día. En cambio, le entregué la carta de invitación a una de las nietas, quien, también se comprometió en tratar de ir al acto…
Ya en mi casa, comencé a reflexionar y a ver toda esta serie de encuentros, como gestos de afecto, tanto, recibidos, como dispensados, lo cual, me conmovió. Incluso, el de mi hermana misma, quien, en un momento de la discusión, en la que yo reproché que a mí nadie me quiere, que ninguno de ellos, mis familiares más directos, parece velar por mí o ponerse a mi favor en los conflictos; me abrazó y me profirió besos por toda la cara, de un modo muy similar a cómo lo había hecho Ana.
Es por esto que, no quise, dejar pasar por alto nada sin narrarlo de algún modo, al menos, éste, el de la revalorización…

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